lunes, 10 de enero de 2011

Taxis, golpes y tequilas


Justo cuando percibió ese nauseabundo olor, Nelson recordó lo que había sucedido la noche anterior. Lo confirmó al ver su muñeca derecha con una herida abierta. Se precipitó a buscar alcohol para calmar la herida mientras en su cabeza intentaba reconstruir de manera lineal los hechos ocurridos.

—¿Dónde es su casa?— Le preguntó insistente.
—No recuerdo— respondió Albeiro en un tono más que ebrio.
­—¡Me van a dañar toda la noche!— Exclamó el taxista.
—Tranquilo que yo vomité dentro de mi maleta—. Replicó Albeiro.

«Qué diálogo tan imbécil» pensó Nelson a la vez que contemplaba su cicatriz. Nelson era un católico muy creyente, pero detestaba ir a confesarse. Nunca supo muy bien por qué, pero prefería hablar de sus pecados a oídos de un taxista. Con ellos, pensaba Nelson, había una complicidad que no podía existir  con otro ser en el universo. Los taxistas eran para Nelson unos simples entrometidos en la vida ajena pero sin intención, sino por el triste hecho de que sólo en ello radicaba su felicidad. «Los taxistas —se decía Nelson esa mañana— aprueban todas mis acciones, mis pensamientos, los comprenden y fingen hipócritamente estar de acuerdo para recibir una propina extra. Sólo cuando hablan de política son detestables. Y entonces uno se convierte en el que hipócritamente aprueba sus dictámenes que no se fundamentan más allá de lo que escuchan en la radio. Los odio, pero son joviales».

Antes de tomar el taxi la noche anterior, Albeiro, en un estado en el que no se sabía si estaba borracho o lo fingía, se tambaleaba al salir del baño, mientras Humberto caminaba a su lado para pedir otro tequila. Al cruzar el baño, Albeiro vio a una mujer estúpida que no tenía mucho de graciosa y mucho menos de belleza. Era una mujer normal que, por el elogio de sus amigos impedidos, creía ser más de lo que era. Albeiro se sentía borracho, espontáneo y libre. No dudo, entonces, en apretarle el culo con sus manos. La mujer, que por su condición se sintió más feliz que cualquier otra cosa, intentó recriminarle a Albeiro sus acciones, con el fin de impresionar a sus amigos impedidos de la mesa. Gritó tratando de mostrar indignación. Lloró. Al advertir la situación, Humberto tomó a Albeiro por los hombros y lo condujo a la mesa donde estaba Jenny esperándolos a ellos y también a Nelson, quien había entrado al baño cuando de allí salieron Albeiro y Humberto. Jenny preguntó sobre la situación. Humberto la tranquilizó y se sentó junto con Albeiro.

—¿Qué carajos te pasa Albeiro? ¿Por qué lo hiciste?— preguntó Humberto.
—Por el hecho de subirle la autoestima a una mujer fea, qué más te puedo decir. Es una buena obra. Sigo la voluntad del Creador— respondió Albeiro en medio de una carcajada, pues, siendo ateo, sabía perfectamente lo bien que caía su comentario. Fue entonces cuando la mujer, quien no había parado de alegar, arrojó sobre los ojos de Albeiro medio vaso de cerveza. Jenny se levantó de inmediato intentando alejarla, mientras Humberto acudía a secarle la cara a Albeiro. En cuestión de segundos, la mujer se arrojó bruscamente para agredir a Albeiro. Lo hizo en parte como gata (por la forma) y en parte como perra (por su alma). Quiso con todas sus fuerzas arrancarle la nariz, pero sólo se llevó con un rasguño un pedazo de ella. Humberto alejó a la mujer con un leve empujón y entonces vino uno de los impedidos de la mesa.

Al contemplar, al otro día, la cicatriz en sus nudillos, Humberto reconoció que había cosas inexplicables en el mundo. Cosas que, por su conversación con Nelson, prefería atribuir al azar o a fallas causales. Lo que pasó esa noche había sido una de esas cosas. Humberto se sintió borracho, espontáneo y libre y al darse cuenta de que uno de los impedidos de la mesa se había levantado para cuidar a la mujer, no dudó en reventarle la boca con un puño. Se sintió como Aquiles destrozando sanguinariamente a Héctor. Creyó ser inmortal y pensó por un instante que el tiempo se había muerto.

Los meseros del lugar, conocidos de Humberto y de Nelson, retiraron a la mujer y al hombre que se miraba la sangre que tomaba con sus manos de la boca. Todo había pasado. Nelson salió del baño con una expresión de júbilo y jerga. Pero Jenny se levantó de inmediato y le dijo que se fueran. Minutos después, cuando ya estaban en el taxi y cuando ya habían dejado a Humberto en otro bar y a Albeiro en su casa, Nelson lamentó no haber estado en ese momento. Miró hacia el retrovisor y vio la cara de disgusto del taxista.

—No se preocupe— le dijo con sincera amabilidad —le pagaré el lavado de su taxi.

Realmente Albeiro había hecho añicos el taxi con su vómito, pero para Jenny y Nelson aquel suceso no tenía mucha relevancia.

—¿Cómo vamos a arreglar?— preguntó el taxista al detener el auto.
—¿Cuánto es el costo real de la carrera?— preguntó Nelson.
—Son diez mil pesos.
—Tome veinte mil y no se preocupe por el cambio— dijo Nelson mientras le alcanzaba un billete de esa cantidad, sabiendo que el lavado no valía más de cinco mil pesos. Pero fue en ese instante cuando advirtió que el taxista ponía una horrible cara, como si le estuvieran haciendo la circuncisión bajo el timón. Y entonces sucedió lo abusivo: el taxista reclamó más dinero. Como pudo, Nelson de mala gana tomó las monedas que había en sus bolsillos y las arrojó groseramente al que ahora era su enemigo.

Jenny tomó a Nelson de la mano y le pidió que ingresaran pronto al edificio. Nelson la siguió. Sin embargo, Nelson advirtió que el taxista llamaba por un radioteléfono a varios compañeros, diciéndoles que vinieran, que lo habían robado. Al otro día, mientras reconstruía los hechos, Nelson se sorprendió del modo en que deliberó la noche anterior. No estaba ebrio, pero los tequilas notablemente truncaban la secuencia limpia de sus ideas. Pero esa noche Nelson se sintió indignado e impotente. «Un taxista me está diciendo ladrón —pensaba para sí— ¡Un taxista!». Recordó que frente a él había una gigantesca estación de policía y supo entonces, después de veinticuatro años, lo útil que era vivir frente a ella. Pensó también, en menos de un segundo, que era el momento de tomar venganza. Lo que iba a hacer era, para Nelson, un deber cívico, una hazaña. Sin pensarlo más, se fue directo a donde el taxista. Lo observó como una fiera, como un animal. Le preguntó:

—¿Está diciendo que soy un ratero hijo de puta?

Nelson se sintió borracho, espontáneo y libre. Con más fuerza que estilo le reventó el pómulo con un revés. Quizás ésa era, se decía Nelson, la única oportunidad nítida en su vida de golpear a un taxista. «Fue sensacional» pensaba Nelson mientras se tocaba la herida en su muñeca. Siguió recordando. Pocos segundos después llegó el policía. Nelson calculó. «Lo haré mi cómplice». Acudió a él. Le explicó que la carrera costaba diez mil pesos, que le había dado veinte mil sin reclamar el cambio y que el taxista había amenazado con llamar a compañeros suyos para reprenderle. El policía le dio la razón pero le pedía que ingresara al edificio. Jenny gritaba desde la puerta y le pedía a Nelson que viniera. El taxista abordó al policía explicándole que el lavado del auto costaría mínimo veinticinco mil pesos. Nelson sintió más indignación (por él mismo y por el policía, pues pensaba que el comentario del taxista los pasaba por estúpidos). Al contemplar el panorama, Nelson decidió continuar con la venganza, así que mientras el policía hablaba con el taxista, Nelson se dirigió hasta el taxi. Con tranquilidad, sin ser advertido por nadie más que por Jenny, buscó dentro del auto veinte mil pesos. Los tomó, eran sus veinte mil. «Puedo vengarme más». Tomó otros veinte mil. Jenny volvió al taxi y preguntó a Nelson qué ocurría. Éste le explicó que estaba haciendo lo correcto, que estaba haciendo algo heroico. Jenny tomó una chaqueta que había quedado dentro del auto. Salieron. Nelson fue al taxista vituperándolo y humillándolo, maltratándolo como a una rata cobarde y miserable. Sacó de su billetera un billete de cincuenta mil pesos y se lo tiró en los pies. —Deme los veinte mil pesos que le había dado—. El taxista le dio el billete. Jenny y Nelson por fin entraron y durmieron.

—¿De quién es esta chaqueta?— preguntó Jenny al otro día. Nelson sonrió, pues advirtió que, la noche anterior, él llevaba un abrigo, Jenny un buzo, Humberto un chaqueta de cuero y Albeiro una de jean. Esa chaqueta debía ser del taxista. Se sintió feliz, porque vio completa su venganza. Tomó la chaqueta y notó que estaba impregnaba totalmente de un asqueroso y hediondo pachulí. Justo cuando percibió ese nauseabundo olor, Nelson recordó lo que había sucedido la noche anterior. Luego pensó en que Humberto debía tener la misma herida en los nudillos así como Nelson en su nariz. Sonrió y bendijo con su corazón al tequila. Lo veneró internamente como a un dios.

—¿Qué haremos esta noche?— preguntó Jenny.
—Eso es obvio. Beberemos tequila y luego tomaremos un taxi.


domingo, 26 de diciembre de 2010

Diálogo de un disléxico que ya no es disléxico

(por Camilo Amórtegui y Ángel Rivera)
Dedicado al público de "Ridículos y Abstractos"





AURELIO: ¡Coño! Sí. Digo “coño” aunque aborrezcas esa palabra. ¡Mierda entonces! ¿Has muerto? ¿Por qué apareces ante mi vista? Sólo estando vivo, Humberto, sólo estando vivo es posible alucinar.

CLODOMIRO: Aborrezco esa palabra, pues eres consciente de que estoy vivo —y estando vivo la aborrezco—. Sabes que controlo tu vida porque soy el ángel de la muerte. Tu alma es mía desde que decidiste alucinar con la muerte, cuando decidiste dejar a un lado el camino de la realidad.

AURELIO: ¿El camino de la realidad? Me enredo en el laberinto. ¿Estoy vivo, muerto o loco? ¿Muerto y demente es lo mismo? Me quitaste a Luisa. Soy feliz con las rosas. Sí. Las rosas o Ana María. ¿La quieres a ella? ¡Vete al infierno! Aunque creo que ya estás en él.

CLODOMIRO: El infierno, la locura y la muerte, en tu caso, son lo mismo. El laberinto en el que estás es producto de las rosas, es por Ana María. Yo quise estar con Luisa, pero a pesar de mi poder me la robaste. Ahora te quito a Ana María. Por cabrón. Por haberle desviado la mirada de la mía. Ahora es hora de enredarte, enloquecerte y matarte. Tu alma es mía, ya lo he dicho. Sólo vivirás con el karma de estar muerto en vida y con la mierda que te haré padecer. Debes verte como bien servido: alucinar una vida con Luisa y las rosas es cosa de idiotas.

AURELIO: ¡Soy imbécil y lo sabes! Pero entiendo lo que dices. Quédate con Ana María. Las rosas huelen mal después de algunos días. Luisa será mía entonces. Aunque esté loco o muerto. Ahora terminemos este diálogo, pues volveré a ser feliz si me dejas con Luisa.

CLODOMIRO: Te quedarás en el infierno… en tu casa. Yo mientras tanto viviré en la realidad… con Luisa y sin dislexia.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El Amor de Ella

(Dedicado a Tefa Zárate)


(Pensamientos de un suicida)

No sé si fue cuando la vi besándose con ese imbécil. Pero fue entonces el momento en que fui consciente de lo enamorado que estaba. Los celos, dicen, son un síntoma claro de enamoramiento. Yo pienso que son demasiado ambiguos. ¿Por qué no pensar en que los celos fueron producto de mi preocupación por ella, mi mejor amiga? En todo caso, sean o no los celos un síntoma de mi enamoramiento por ella, mi mejor amiga, ellos no fueron la causa de mi estupefacción. ¿Qué fue entonces? La maldita confianza construida va en contra de la contemplación de lo bello. ¿Y qué es el amor si no eso? Como decía Platón, la búsqueda de la belleza (tal y como la consideremos, no importa). Pero al conocerla completamente supe todos sus errores, sus defectos. ¿Cómo podía encontrar belleza en ella, mi mejor amiga?

Quizás era su risa. Pero no. Tiene risa de retrasada. ¿Qué es? ¡Mierda! Hago introspección y siento que la amo más. Analizo, me refuto y la emoción crece. Cierro mis ojos. Me tiro al vacío en un puente. Y siento en el estómago el corazón de ella (y de paso siento sus senos en mis manos). ¿Y si le digo que vayamos a un motel? ¡No! Por Dios, es ella. No puedo sentir ganas de tener sexo por ella. ¿Qué es entonces? Es algo más profundo, más metafísico. Eso me asusta. Tengo el revólver en mis manos. Lo dejo, me sudan las putas manos. ¡Las manos! Como cuando ella toma las mías para cruzar la calle, cuidándome.

Diez vasos de agua. ¡Perfecto! En unos minutos iré a mear como un perro. Sólo por pensar en ella. Por intentar sacarla de mi cabeza en mis orines. Por intentar desdibujar su rostro en los riñones. Anoche cuando estábamos sé que le dio rabia. Cuando besé a la otra. Sí, sé que le dio rabia, como me dio a mí cuando la vi besándose con el imbécil. Pero eso fue peor. Ahora sé que es recíproco. Ahora sé que es amor. Pero las condiciones de satisfacción son completamente nulas, vacías. Mi corazón grita, mi corazón susurra. Los detalles se vuelven ahora realmente importantes. Calma… calma…

¿Busco un beso? ¿Aunque sea uno? O el revólver. O el beso y el revólver. No seas paranoico me dice una voz en la cabeza, susurrándome, mientras mi corazón me grita pidiéndome que me masturbe. El revólver hacia ella. ¡Eso es! Llegará en unos minutos. ¿Y después qué? ¡Ni mierda! Nada pasará… seguirá igual todo. Entonces tendré que dirigir el revólver hacia mi propia cabeza, mi cabeza que susurra, creyéndose inteligente cuando no es más que una puta pobre. ¡No! En mi pecho. Eso es, dirijo el revólver hacia el pecho para evitar que mi corazón grite, mi corazón que es noble aunque se haya entregado a mil mujeres. No lo sé. Pero el revólver debo dirigirlo hacia mí, no hacia ella, mi mejor amiga. Ahora mismo. ¡Cállate cabeza de mierda! Siempre he seguido tus consejos y mira donde estoy. Te destrozaré y dejaré que mi corazón grite y me pida que masturbe mis neuronas. Lo hago porque justo ella, mi mejor amiga, me dio el consejo más sabio de la vida. No sigas los dictámenes de tu razón, porque ella le tiene envidia a lo que sientes. Por eso la amo, ésa es la causa. Por eso es mi mejor amiga, ella. Por eso ella, sí, mi madre, siempre fue mi mejor amiga.


miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lo que (no) quiero




Si se habla de tortura o de dolor, no deben buscar lejos un experto. ¡Heme aquí! No hablo, por supuesto, de ser un verdugo, un sádico o un masoquista. Lo que digo es que he soportado lo peor. No es fácil confesar que me hicieron la circuncisión siendo ya adulto, sin anestesia y con un cuchillo carente de filo, por lo que el asunto demoró. He sobrevivido a cinco atentados. Conozco todos los estados conscientes relacionados con el sufrimiento. Mi mujer me abandonó, corrió a los brazos de mi propia hermana y cuando pequeño me violaron.

Nada me asusta, excepto aquello. ¿Buscan en mí la inmunidad? Se equivocan. Soporto cuanto quieran, pero nunca eso. Prueben clavarme puntillas en la espalda o quitarme las uñas con un destornillador. Pero no eso, ¡jamás! Intenten lastimar mis emociones de modos diferentes, como se les venga en gana. Pero a aquello le tengo pavor. ¡Que se detenga el mundo! ¡Que se asfixien las almas de ricos y desventurados! ¡Que el vómito del mundo regrese a sus entrañas! Nada me asusta, excepto aquello.

Por eso, aunque el universo se cague en mi cerebro, les juro que no permitiré que me vuelvan a matar. ¡No! O al menos no como aquel día. O al menos no que lo haga él. Sí, que lo haga entones cualquiera si ustedes lo desean, menos él. Mátenme de nuevo. ¡Ahora! Pero no quiero que mi padre vuelva a asesinarme a cuchilladas. Prefiero que me hagan de nuevo la circuncisión.

jueves, 19 de agosto de 2010

La mujer y su árbol



- Tome 200 dólares – me dijo el señor Taylor cuando íbamos a salir.
- No podría aceptarlos – respondí casi sonrojándome.
- Tómelos y dele algo de felicidad a mi hija – concluyó el señor Taylor.

Salimos y fue en ese instante cuando por fin pude pensar en lo absurdo de la situación. Apenas había conocido a la señorita Taylor una noche atrás, cuando sentado en la barra del bar, me causó curiosidad el verla sola, con su rostro de facciones finas y sus senos que encarnaban la inocencia y el erotismo al mismo tiempo. Nuestras miradas se cruzaron más de una vez y yo pedí varias cervezas tan sólo para contemplarla un poco más. No me atreví, sin embargo, a dirigirle la palabra. Fue hasta la media noche cuando me desperté de la embriaguez en la que la señorita Taylor me sumergía, cuando tomé mi abrigo, pagué la cuenta y decidí ir a dormir a mi casa. Nunca pensé que al pasar a su lado me tomara del brazo y me dijera que me esperaría la noche siguiente a las ocho en su casa. Me dio un papel con su dirección y desvió inmediatamente su mirada como enfocando el infinito. Como si yo dejara de existir.

Fue al otro día, cuando caminaba de nuevo hacia ese bar, luego de recibir los 200 dólares que me ofreció el señor Taylor, cuando pensé en lo arriesgado que fui al ir en efecto a su casa, pues siempre la timidez me había embargado. Pero su rostro y sus senos fueron el imán que me atrajeron. Al tocar la puerta su padre me saludó amablemente y me dijo que siguiera, que ya en un momento la señorita Taylor estaría conmigo. Y dos minutos después sucedió lo que me dejó pasmado: la señorita Taylor entró a la sala, en su silla de ruedas, sin piernas.

- No quiero ir al bar, sentémonos en ese parque – me dijo la señorita Taylor mientras yo la llevaba en su silla de ruedas. – Hagámonos debajo de ese árbol – dijo a continuación. Ahora pensaba en lo absurdo que era esa situación. Ya no miraba su rostro de facciones finas, ni sus senos que encarnaban ideas contradictorias. Ahora miraba la ausencia de sus piernas, y no lo podía evitar.

Nada hablamos. Cuando terminó por fin su quinto cigarrillo me miró fijamente y me dijo:

- Hagamos el amor.

No comprendo aún el porqué no me sorprendí ante esa petición. Tampoco el porqué accedí sin problema a sus requerimientos. Le di rienda suelta a sus deseos mientras ella se agarraba fuertemente del árbol. Me sentía muy excitado. Y no era por su rostro ni tampoco por sus senos. Era por la ausencia de sus piernas. Una hora después me volvió a hablar: - Ayúdame a vestirme.

Por fin llegamos a su casa. Se me dificultaba mirar al señor Taylor cuando abrió la puerta. La señorita Taylor entró en su casa sin despedirse, con toda la indiferencia posible. Como enfocando el infinito. Como si yo dejara de existir. El señor Taylor esperó a que su hija estuviera lo suficientemente lejos. Luego vino entonces lo verdaderamente absurdo:

- Gracias joven. Tome 200 dólares.
- ¿Cómo piensa que los puedo recibir? Ya me ha dado usted esa misma cantidad. No puedo aceptarlos señor Taylor.
- Usted trajo a mi hija hasta la casa. Siempre que sale con alguien debemos ir a buscarla en el árbol. Es la primera que no sucede.

Tomé entonces el dinero. Desconcertado me di vuelta y jamás volví a saber de ella, pero aún recuerdo la ausencia de sus piernas. Días después compré un par de zapatos con los 400 dólares.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Adelanto dramatúrgico

(Fragmento de la escena V de la inédita "Ridículos y Abstractos" -cuyo título está en duda-).

ANA MARÍA: Lárgate con Aurelio y déjame en paz para que pueda fornicar con Clodomiro.

LUISA: No te saldrás tan fácil con la tuya.

ANA MARÍA: ¿Qué deseas?

LUISA: Dos cosas tendrían que suceder antes.

ANA MARÍA: ¿Cuáles?

LUISA: Primero, debo vestirme como tú.

ANA MARÍA: De acuerdo, no es nada del otro mundo. Sólo quítate la ropa.

LUISA: Segundo, tendría que matarte.

ANA MARÍA: ¡Mamá, no jodas! Cada vez te pareces más a Aurelio.

LUISA: ¿Ves? Estamos hechos el uno para el otro.

ANA MARÍA: Estoy en un dilema.

LUISA: ¿Cuál?

ANA MARÍA: No quiero morir, pero deseo verte feliz.

LUISA: Debes decidir.

ANA MARÍA: Eres injusta, sabes que sacrificaría todo por tu felicidad.

LUISA: Incluso tu vida.

ANA MARÍA: Así es, ¡coño!, así es.

LUISA: De acuerdo, pero no seas grosera. ¿Cómo quieres morir?

ANA MARÍA: ¿Me darás el privilegio de escoger?

LUISA: Si alguien le pide pan a su padre, éste no le dará a cambio una piedra.

ANA MARÍA: Pero tú no eres mi padre, eres mi madre.

LUISA: Idiota, sabes lo que quiero decir.

ANA MARÍA: Quiero morir asfixiada.

LUISA: ¿Por qué?

ANA MARÍA: Es el único modo de morir coherente con mi forma de vestir.

LUISA: De acuerdo. Siéntate. (Ana María se sienta. Luisa alista el abrigo para asfixiarla).

ANA MARÍA: Espera mamá. ¿Me amas?

LUISA: Ana María, siempre fuiste mi hija preferida.

ANA MARÍA: ¿Por qué?

LUISA: Porque no tuve más hijos.

(Luisa coloca el abrigo en el rostro de Ana María quien se va ahogando lentamente. La luz se va desvaneciendo mientras muere Ana María. Fugaz apagón. Al volver la luz, Aurelio y Humberto retoman la conversación. Luisa se ve en problemas para recoger el cuerpo de su hija muerta).

miércoles, 31 de marzo de 2010

LETRA EN LA PIEL




“Si los escritores tienen algo en común, más allá de las evidentes diferencias en forma y contenido, es la soledad que se experimenta en el momento de empezar a escribir. De otro modo, digo, es imposible la labor de la escritura. Sea que una muchedumbre esté alrededor del escritor, éste es el especialista de la introspección, del alejarse de la realidad para supuestamente “encontrarse consigo mismo” y plasmar en palabras aquello que lo aqueja o que le gusta. Puede ser, claro está, que quien se dedica a escribir tome atenta nota de lo que pasa en su entorno para así buscar pistas que le ayuden a descifrar los laberintos de su escrito. Pero una vez que se han tomado los elementos necesarios, el escritor vuelve sobre sí para seguir en su obra aparentemente creadora. Por esa razón, el escritor es el hombre más solitario del mundo. También, por ello mismo, el más egocéntrico. Porque es meritorio del hombre social ser arrogante, pues debe enfrentarse ante los otros para proyectar una imagen que supere la de ellos. Sin embargo, no es digno de aplauso aquel que se llena de orgullo sin proyectarse más que sobre sí mismo, es fácil tener una alta autoestima cuando se es solitario. Del mismo modo, entonces, ya que es digno de aplauso el arrogante hombre social, debería ser digno de aplauso el escritor altruista y preocupado por lo que pasa fuera de su mente. Y esto debido a que, aunque muchos dicen preocuparles la realidad exterior, la crisis social o el medio ambiente, la justificación ulterior de la labor de quien escribe no es más que la satisfacción de lo que por definición es insatisfecho, esto es, uno mismo. Por eso al escritor le gustan los aplausos y alabanzas que posteriormente hacen de sus obras. No porque le importe impactar en la mente de otras personas, sino más bien porque esas alabanzas sólo son el medio para evadir la soledad. El escritor es paradójico: busca la soledad para escribir, pero escribe para posteriormente salir de la soledad. ¿Es esto un círculo vicioso? ¡No! Lo que rompe el círculo es aquello que por definición es insatisfecho: yo. El escritor es, por tanto, un resentido que sale y entra a la soledad en la medida en que su ego lo demanda.”

Una vez Soledad terminó de escribir, se levantó de su escritorio y asomó su rostro por la ventana, para burlar la verdad que hace pocos segundos y sin intención había descubierto. Pero al advertir que el paisaje que contemplaba, lo admiraba sólo como un recurso que posteriormente le serviría para escribir, aceptó, por fin, que era una persona solitaria y que sus padres la habían condenado para siempre incluso con su nombre. No por voluntad, sino por la maldición que había arrojado sobre sí y su descendencia el amante de su abuela, el padre Efrén. Suspiró como queriendo maldecir y sin dejar de mirar el paisaje se dijo a sí misma en voz baja:

-Dejaré ya esta mierda. Renuncio a ser escritora para salir de mi círculo vicioso. Siempre quise ser una puta. Así tendría amor de sobra, aunque fuese fingido y momentáneo.

Luego de unos minutos en los que intentó exitosamente no llorar, Soledad sacó de su mesa de noche el arma de su esposo. La puso lentamente en su boca. Dos segundos después, se oyó en aquel calmado barrio un espantoso grito mezclado con el sonido de la pólvora. Soledad no se había muerto ni había siquiera intentado suicidarse. Se disparó en la mano izquierda destrozándosela a balazos como inspiración para su siguiente novela, cuya escritura había sido pospuesta algunos meses.