lunes, 10 de enero de 2011

Taxis, golpes y tequilas


Justo cuando percibió ese nauseabundo olor, Nelson recordó lo que había sucedido la noche anterior. Lo confirmó al ver su muñeca derecha con una herida abierta. Se precipitó a buscar alcohol para calmar la herida mientras en su cabeza intentaba reconstruir de manera lineal los hechos ocurridos.

—¿Dónde es su casa?— Le preguntó insistente.
—No recuerdo— respondió Albeiro en un tono más que ebrio.
­—¡Me van a dañar toda la noche!— Exclamó el taxista.
—Tranquilo que yo vomité dentro de mi maleta—. Replicó Albeiro.

«Qué diálogo tan imbécil» pensó Nelson a la vez que contemplaba su cicatriz. Nelson era un católico muy creyente, pero detestaba ir a confesarse. Nunca supo muy bien por qué, pero prefería hablar de sus pecados a oídos de un taxista. Con ellos, pensaba Nelson, había una complicidad que no podía existir  con otro ser en el universo. Los taxistas eran para Nelson unos simples entrometidos en la vida ajena pero sin intención, sino por el triste hecho de que sólo en ello radicaba su felicidad. «Los taxistas —se decía Nelson esa mañana— aprueban todas mis acciones, mis pensamientos, los comprenden y fingen hipócritamente estar de acuerdo para recibir una propina extra. Sólo cuando hablan de política son detestables. Y entonces uno se convierte en el que hipócritamente aprueba sus dictámenes que no se fundamentan más allá de lo que escuchan en la radio. Los odio, pero son joviales».

Antes de tomar el taxi la noche anterior, Albeiro, en un estado en el que no se sabía si estaba borracho o lo fingía, se tambaleaba al salir del baño, mientras Humberto caminaba a su lado para pedir otro tequila. Al cruzar el baño, Albeiro vio a una mujer estúpida que no tenía mucho de graciosa y mucho menos de belleza. Era una mujer normal que, por el elogio de sus amigos impedidos, creía ser más de lo que era. Albeiro se sentía borracho, espontáneo y libre. No dudo, entonces, en apretarle el culo con sus manos. La mujer, que por su condición se sintió más feliz que cualquier otra cosa, intentó recriminarle a Albeiro sus acciones, con el fin de impresionar a sus amigos impedidos de la mesa. Gritó tratando de mostrar indignación. Lloró. Al advertir la situación, Humberto tomó a Albeiro por los hombros y lo condujo a la mesa donde estaba Jenny esperándolos a ellos y también a Nelson, quien había entrado al baño cuando de allí salieron Albeiro y Humberto. Jenny preguntó sobre la situación. Humberto la tranquilizó y se sentó junto con Albeiro.

—¿Qué carajos te pasa Albeiro? ¿Por qué lo hiciste?— preguntó Humberto.
—Por el hecho de subirle la autoestima a una mujer fea, qué más te puedo decir. Es una buena obra. Sigo la voluntad del Creador— respondió Albeiro en medio de una carcajada, pues, siendo ateo, sabía perfectamente lo bien que caía su comentario. Fue entonces cuando la mujer, quien no había parado de alegar, arrojó sobre los ojos de Albeiro medio vaso de cerveza. Jenny se levantó de inmediato intentando alejarla, mientras Humberto acudía a secarle la cara a Albeiro. En cuestión de segundos, la mujer se arrojó bruscamente para agredir a Albeiro. Lo hizo en parte como gata (por la forma) y en parte como perra (por su alma). Quiso con todas sus fuerzas arrancarle la nariz, pero sólo se llevó con un rasguño un pedazo de ella. Humberto alejó a la mujer con un leve empujón y entonces vino uno de los impedidos de la mesa.

Al contemplar, al otro día, la cicatriz en sus nudillos, Humberto reconoció que había cosas inexplicables en el mundo. Cosas que, por su conversación con Nelson, prefería atribuir al azar o a fallas causales. Lo que pasó esa noche había sido una de esas cosas. Humberto se sintió borracho, espontáneo y libre y al darse cuenta de que uno de los impedidos de la mesa se había levantado para cuidar a la mujer, no dudó en reventarle la boca con un puño. Se sintió como Aquiles destrozando sanguinariamente a Héctor. Creyó ser inmortal y pensó por un instante que el tiempo se había muerto.

Los meseros del lugar, conocidos de Humberto y de Nelson, retiraron a la mujer y al hombre que se miraba la sangre que tomaba con sus manos de la boca. Todo había pasado. Nelson salió del baño con una expresión de júbilo y jerga. Pero Jenny se levantó de inmediato y le dijo que se fueran. Minutos después, cuando ya estaban en el taxi y cuando ya habían dejado a Humberto en otro bar y a Albeiro en su casa, Nelson lamentó no haber estado en ese momento. Miró hacia el retrovisor y vio la cara de disgusto del taxista.

—No se preocupe— le dijo con sincera amabilidad —le pagaré el lavado de su taxi.

Realmente Albeiro había hecho añicos el taxi con su vómito, pero para Jenny y Nelson aquel suceso no tenía mucha relevancia.

—¿Cómo vamos a arreglar?— preguntó el taxista al detener el auto.
—¿Cuánto es el costo real de la carrera?— preguntó Nelson.
—Son diez mil pesos.
—Tome veinte mil y no se preocupe por el cambio— dijo Nelson mientras le alcanzaba un billete de esa cantidad, sabiendo que el lavado no valía más de cinco mil pesos. Pero fue en ese instante cuando advirtió que el taxista ponía una horrible cara, como si le estuvieran haciendo la circuncisión bajo el timón. Y entonces sucedió lo abusivo: el taxista reclamó más dinero. Como pudo, Nelson de mala gana tomó las monedas que había en sus bolsillos y las arrojó groseramente al que ahora era su enemigo.

Jenny tomó a Nelson de la mano y le pidió que ingresaran pronto al edificio. Nelson la siguió. Sin embargo, Nelson advirtió que el taxista llamaba por un radioteléfono a varios compañeros, diciéndoles que vinieran, que lo habían robado. Al otro día, mientras reconstruía los hechos, Nelson se sorprendió del modo en que deliberó la noche anterior. No estaba ebrio, pero los tequilas notablemente truncaban la secuencia limpia de sus ideas. Pero esa noche Nelson se sintió indignado e impotente. «Un taxista me está diciendo ladrón —pensaba para sí— ¡Un taxista!». Recordó que frente a él había una gigantesca estación de policía y supo entonces, después de veinticuatro años, lo útil que era vivir frente a ella. Pensó también, en menos de un segundo, que era el momento de tomar venganza. Lo que iba a hacer era, para Nelson, un deber cívico, una hazaña. Sin pensarlo más, se fue directo a donde el taxista. Lo observó como una fiera, como un animal. Le preguntó:

—¿Está diciendo que soy un ratero hijo de puta?

Nelson se sintió borracho, espontáneo y libre. Con más fuerza que estilo le reventó el pómulo con un revés. Quizás ésa era, se decía Nelson, la única oportunidad nítida en su vida de golpear a un taxista. «Fue sensacional» pensaba Nelson mientras se tocaba la herida en su muñeca. Siguió recordando. Pocos segundos después llegó el policía. Nelson calculó. «Lo haré mi cómplice». Acudió a él. Le explicó que la carrera costaba diez mil pesos, que le había dado veinte mil sin reclamar el cambio y que el taxista había amenazado con llamar a compañeros suyos para reprenderle. El policía le dio la razón pero le pedía que ingresara al edificio. Jenny gritaba desde la puerta y le pedía a Nelson que viniera. El taxista abordó al policía explicándole que el lavado del auto costaría mínimo veinticinco mil pesos. Nelson sintió más indignación (por él mismo y por el policía, pues pensaba que el comentario del taxista los pasaba por estúpidos). Al contemplar el panorama, Nelson decidió continuar con la venganza, así que mientras el policía hablaba con el taxista, Nelson se dirigió hasta el taxi. Con tranquilidad, sin ser advertido por nadie más que por Jenny, buscó dentro del auto veinte mil pesos. Los tomó, eran sus veinte mil. «Puedo vengarme más». Tomó otros veinte mil. Jenny volvió al taxi y preguntó a Nelson qué ocurría. Éste le explicó que estaba haciendo lo correcto, que estaba haciendo algo heroico. Jenny tomó una chaqueta que había quedado dentro del auto. Salieron. Nelson fue al taxista vituperándolo y humillándolo, maltratándolo como a una rata cobarde y miserable. Sacó de su billetera un billete de cincuenta mil pesos y se lo tiró en los pies. —Deme los veinte mil pesos que le había dado—. El taxista le dio el billete. Jenny y Nelson por fin entraron y durmieron.

—¿De quién es esta chaqueta?— preguntó Jenny al otro día. Nelson sonrió, pues advirtió que, la noche anterior, él llevaba un abrigo, Jenny un buzo, Humberto un chaqueta de cuero y Albeiro una de jean. Esa chaqueta debía ser del taxista. Se sintió feliz, porque vio completa su venganza. Tomó la chaqueta y notó que estaba impregnaba totalmente de un asqueroso y hediondo pachulí. Justo cuando percibió ese nauseabundo olor, Nelson recordó lo que había sucedido la noche anterior. Luego pensó en que Humberto debía tener la misma herida en los nudillos así como Nelson en su nariz. Sonrió y bendijo con su corazón al tequila. Lo veneró internamente como a un dios.

—¿Qué haremos esta noche?— preguntó Jenny.
—Eso es obvio. Beberemos tequila y luego tomaremos un taxi.


2 comentarios:

Cristian Calderón dijo...

Viejo, esto me hizo descoser de la risa. Me encanta la manera como describe la relación directamente proporcional entre el deber cívico y el número de tequilas. El heroísmo citadino no requiere de una gran sabiduría. Tan sólo algo de pasión y un ligero cálculo. En últimas, esto le da la razón a Aristóteles.

Nelson Celis dijo...

¡Cuán libre es Albeiro al obrar sin decisión, llevado más por un curioso deseo de introducir un poco de caos adicional en el universo! Por un instante en su mano residió el impulso creador de los dioses, transformando a su paso un trivial -y hasta ese momento indiferente- culo en una vorágine de absurdo desconcierto. ¡Oh el poder tan efímero pero deleitante que concede un poco de tequila mezclado con el deseo de superar el cotidiano tedio!