domingo, 13 de febrero de 2011

Imposibilidad Fáctica


Otto no despertó el domingo en la mañana. En realidad lo que hizo fue recobrar la consciencia, al menos a medias, pero en realidad, en toda la noche no cerró sus ojos. Se llevó la mano debajo del buzo, se retiró la camiseta y luego la llevo hasta debajo de sus calzoncillos, en donde se escondían sus partes íntimas y una botella de aguardiente barato. Abrió con lentitud la tapa y se echó un sorbo en la boca. Entonces se sintió animado. Con su otra mano buscó el bolsillo izquierdo de su pantalón, insertó su mano y de inmediato sudó frío, porque se le había acabado el bazuco. Tembló, sintió su espalda helada y quiso vomitar. Se orinó en sus pantalones, aunque no se preocupaba por ello, ya que sabía que en todo caso sus vestiduras emanaban un olor fétido e inmundo.

Se levantó como pudo, escupiendo hacia cualquier lado y untando sus brazos, sus manos y sus piernas con sus propias flemas y babas. Caminó hasta encontrar personas. Sin pudor le gritaba a quien se atravesaba en su camino, pidiendo monedas para un pan. Todos lo evadían, como era la costumbre, pero esta vez con más asco, por su estado. «No puedo pedir plata si estoy llevado» se decía asimismo un tanto resignado. Pero vio que cruzando la calle donde estaba había una pequeña iglesia evangélica. «Estos hijueputas la madre que algo sí me dan» pensó mientras reía. Caminó con pasó rápido, y sin pensarlo entró y se sentó en una silla. Nadie lo miró, ni lo juzgó. Por el contrario, una señora que estaba unos puestos por delante se giró y le sonrió mirándole a los ojos. Un pastor en el altar hablaba pero Otto no entendía nada, sólo quería bazuco.

Para llamar la atención, Otto se subió sobre la silla en la que se había sentado, se bajó los pantalones un poco y dirigió su trasero hacia el altar mientras gritaba: —¡Me cago en el Evangelio, cristianos malparidos!—. Hubo un silencio momentáneo, pero uno de los feligreses de la iglesia de inmediato hizo bajar a Otto y, de buena manera, salió con él de la iglesia. «Ahora va a llamar a los perros» se dijo. Pero el hombre no llamó a la policía. Lo convenció de ir a un parque cercano y allí se sentaron. El hombre le habló de la Biblia y Otto quiso dormir. No obstante, segundos después, las palabras del hombre le parecieron cautivantes, más que por su contenido, por el hecho de que alguien que él consideraba normal le estuviese hablando, incluso abrazando en algunos momentos.

—¡Eso es! A mí sólo me falta eso, amor—. Dijo Otto. Se entusiasmó, así que se llevó las manos al sexo y sacó la botella de aguardiente. El hombre le pidió el favor de que no tomara eso en su presencia. Otto se rió, se levantó, y botó la botella en una caneca pública del parque. El hombre sonrió, le dio mil pesos para que se comprar un café.

—Prométame que no se los va a fumar— le dijo el hombre mientras estrechaba la mano de Otto.
—Tengo huevo si me trabo. Todo bien. Yo vengo el otro domingo a la iglesia y voy a ahorrar para venir bañado— respondió Otto mientras de sus dientes chuchos llovía saliva mezclada con pus.

Otto, pleno de alegría, corrió buscando una tienda. Al encontrarla, sus ojos brillaron, lo que no ocurría desde su infancia, desde la última vez que su madre le había besado la frente, antes que su padre la matara. Se sintió persona nuevamente. Pero no alcanzó a dar ni siquiera un paso en el establecimiento y un hombre grande con un cuchillo gigante en su mano lo empujó y le ordenó que lo dejara en paz. Otto quedó extrañado. Se sentía orgulloso, pleno, digno, pero de inmediato se sintió avergonzado y con rabia. —Todo bien. Ya me voy— fue lo único que dijo.

Siguió caminando, contento, feliz. Pero su alegría fue disminuyendo paulatinamente y se agotaba con el tiempo. En ninguna parte lo atendían. Aunque Otto intentaba explicarles a todos que tenía dinero, que no estaba pidiendo limosna, que no pretendía robar, sino sólo comprar un café, no había alguien que no lo discriminara por su aspecto, pero, sobre todo, por su olor. Intentó cerca de unas veinte veces, hasta que la ira lo cubrió casi por entero y a la última mujer que lo miró mal y le dijo a gritos que se fuera, le contestó con dialecto callejero:

—¡Gonorrea! ¿Qué hago con estos mil pesos? ¡¿Quiere que me limpie el culo!?—.

Otto comenzó a correr sin saber bien para dónde. Luego recordó al hombre de la iglesia. Quiso llorar pero no lo hizo, sino que corrió más rápido. Atravesó cuadras y calles sin que le importaran los autos ni las personas que se atravesaban a su paso. Al llegar a la iglesia pateó con fuerza una pared, porque estaba cerrada. Fue al parque a buscar a aquel hombre, pero no había nadie. Sólo un par de niños jugando con una pelota vieja y malgastada. Los niños lo miraron con miedo y curiosidad.

—¡¡¿Qué hijueputas? ¿Les doy miedo pirobos, o qué?!!— les gritó. Los niños salieron corriendo de inmediato. Otto se sentó en una banca. La misma en donde había estado con el hombre que le transmitió paz por un momento. Se llevó la mano debajo del buzo, se retiró la camiseta y luego la llevo hasta debajo de sus calzoncillos, en donde se escondían sus partes íntimas. No encontró lo que buscaba. Recordó. Fue hasta la caneca de basura pública, escarbó un poco y retiró una botella de aguardiente barato. Abrió con lentitud la tapa y se echó un sorbo en la boca. Entonces se sintió animado. Sin embargo, pensó que se encontraba ante una imposibilidad fáctica y, como decía su padre, jamás podría dejar de consumir y siempre sería un drogadicto de mierda. Con su mano izquierda buscó el bolsillo de su pantalón, insertó su mano y de inmediato sudó frío, porque no encontró bazuco. Tembló, sintió su espalda helada y quiso vomitar. Se orinó en sus pantalones, aunque no se preocupaba por ello, ya que sabía que en todo caso sus vestiduras emanaban un olor fétido e inmundo. Con su mano derecha, buscó en el otro bolsillo y retiró de allí los mil pesos que el hombre le había dado.

Otto no despertó el lunes en la noche. En realidad lo que hizo fue recobrar la consciencia, al menos a medias, pero en realidad, ni la noche anterior ni en todo el día cerró los ojos. Recobró la consciencia al ver la balacera, al sentirla cerca y al comprender que había llegado su momento.

—Dios, si no tenía otra opción, ¿por qué me mandas a los perros?— dijo Otto mientras se incorporaba un poco y veía cómo varios policías intercambiaban tiros con otros drogadictos de la olla. «Y yo que pensaba ir el otro domingo a la iglesia, limpio y bien bañado». Observó unos segundos sin moverse, como una roca, imperturbable. Otto murió por una bala que atravesó sus intestinos, mientras recordaba cómo su padre había apuñalado a su mamá y cómo la sonrisa de su madre se parecía a la sonrisa del hombre que, por algunos minutos, le había dado una esperanza además de un billete de mil pesos.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La Gata




—¿Cómo se siente comerse una rata? Dime gata, ¿cómo se siente?— preguntó Rodrigo, cuando su esposa le servía el desayuno. La noche anterior, Martha se había acostado apenas con un cliente que le pagó mal. «Veinte pesos por quince minutos. Veinte pesos en toda la noche. Por una rata» pensaba Martha cuando ya anticipaba lo peor, lo de costumbre.

Rodrigo sólo necesito echarse una cucharada en la boca para arrojarle el caldo caliente a las piernas de su esposa. —¡Sólo sabes tirar! ¡No sirves para nada más!—. Entonces se levantó de la mesa, la golpeó en la cara hasta que la sangre fuera visible y, como de costumbre, la llevó hasta al lavadero, le subió la falda a las malas y tomándole fuertemente por la nuca le penetraba con violencia. —¿Así te comes a las ratas?, ¿así te sientes?—.

Cuando Rodrigo salió de la casa, Martha, recostada en la cama con los pies en la cabecera, lograba ver entre lágrimas cómo su esposo atravesaba el portón viejo y desmejorado por el tiempo. Las lágrimas distorsionaba su realidad, entonces se enteró sólo por el ruido que estaba sola, como siempre, como en las mañanas cuando su esposo se iba a emborracharse después de lastimarla, como en las tardes, cuando el insomnio la atormentaba con recuerdos, como en su infancia, en la que era violada por su tío y como en las noches, cuando cobraba por su sexo para alimentar a su marido. Esa tarde de enero tuvo, sin embargo, algo que no se sumía en la rutina a la que estaba acostumbrada. Tuvo una idea. Entonces su cuerpo se llenó de adrenalina, de miedo y, tan sólo por un instante, de felicidad.

Martha se levantó de la cama y comenzó, después de muchos años, a percibir las impresiones que marcaban sus sentidos. Sintió la baldosa fría en sus pies, hasta sentir dolor. Vio que la casa se había hecho tan vieja como ella. Lo confirmó al escuchar los automóviles que se paseaban al frente de su casa. Pasó su lengua por sus labios y saboreó su propia sangre mezclado con lágrimas. Olió ese repugnante aroma, cerró sus ojos y comenzó a caminar, guiada por su olfato. Atravesó toda su casa con pasos más o menos rápidos. Abrió el portón y salió de su casa sin mirar a su alrededor. Atravesó la carrera quinta y no se inmutó con la frenada del camión. No contestó a los saludos de vecinos, ni sonrió por los comentarios morbosos de sus clientes de esa misma cuadra. Tomó la calle diecinueve hasta la carrera sexta y giró a la derecha, esquivando transeúntes, descalza y guiada sólo por su nariz. Asombrada, con los ojos abiertos como una lechuza, se detuvo a la mitad de la cuadra. Bajó su mirada y vio una alcantarilla destapada. No tuvo asco ni pudor. Bajó las escalinatas y dio un pequeño salto. Sintió luego cómo las aguas sucias y teñidas de excremento la mojaban hasta un poco más abajo de sus rodillas. Caminó algunos metros, giró su cabeza a la derecha y entonces se miraron fijamente.

«Se parece a Rodrigo» pensó Martha. Imaginó por unos segundos que ella también le encontraba parecido con alguien, porque parecía inmutable. La rata dio algunos pasos leves y Martha no dudó en tirarse sobre ella antes que escapara. La cogió con una mano pero al advertir lo grande que era, tuvo que cogerla del hocico con la izquierda, sintiendo entre sus dedos el mover de sus bigotes. Imaginó que era su marido y apretó más fuerte. Corrió entonces a las escalinatas de la alcantarilla y subió, apoyándose con una mano y apretando la rata con su otro brazo contra sus senos para que no se le escapara. Se incorporó con tranquilidad sobre la carrera sexta y volvió a buscar la avenida diecinueve, ante la sombrosa mirada de transeúntes y los gritos de mujeres al ver cómo Martha caminaba con la rata entre sus manos. Tomó la carrera quinta y sus vecinos imperturbables la miraban.

—Ahora entiendo por qué le dicen “la gata”— exclamó Jaime, el zapatero, cuando la vio entrando a su casa, que quedaba justo al frente de su anticuado taller. —Jamás me volveré a revolcar con ella, ni porque me inviten mis amigos—. La observó paso a paso, y cuando Martha se giró para cerrar el portón, creyó que la rata lo miraba fijamente a sus ojos. Jaime vomitó en el acto.

Rodrigo sólo necesito echarse una cucharada en la boca para sentirse a gusto con la cena de su esposa. Ese día noche celebraban su aniversario y Martha no había ido a trabajar. —¡A veces pensaba que no sabías cocinar y que sólo sabías tirar! ¡Pero esto está realmente bueno!—. Rodrigo saboreaba, Martha lo miraba fijamente y recordaba cómo había degollado en la cocina a la rata y con la cabeza le había dado sabor al caldo que su esposo ya se había tomado. Rodrigo se pasaba la lengua por los labios y Martha sonreía pensando en cómo con mucha paciencia había quitado el pelaje de la rata con el cuchillo. Rodrigo descansaba por momentos, tomando impulso para seguir en la labor de alimentarse y Martha se regocijaba, pues veía en su memoria el momento en que metió la rata, blancuzca, sangrienta y sin cabeza en la olla de agua hirviendo. Rodrigo pasaba una servilleta por su boca y Martha rememoraba cómo había despresado al animal, como a un pollo, para luego fritarlo. Cuando Rodrigo terminaba ya los espaguetis, Martha casi no puede evitar la risa, pues sabía que entre ellos se escondía la cola de la rata.

—Estuvo delicioso, no sé por qué no comiste también tú. Es la primera vez que preparas algo bueno— dijo Rodrigo luego de eructar y de pasar su mano por la panza.

—Me alegra que te haya gustado. Ahora sabes lo que es comer una rata— contestó Martha a la vez que lloraba y reía.

—¡Gata de mierda!— gritó Rodrigo luego de un silencio breve.

Jaime, el zapatero, fue el único escuchó el disparo de esa noche. Pero sólo hasta la mañana siguiente, los vecinos se enteraron de que Rodrigo había comido rata y de que la gata había muerto de un balazo en la cabeza la noche de su aniversario.

lunes, 10 de enero de 2011

Taxis, golpes y tequilas


Justo cuando percibió ese nauseabundo olor, Nelson recordó lo que había sucedido la noche anterior. Lo confirmó al ver su muñeca derecha con una herida abierta. Se precipitó a buscar alcohol para calmar la herida mientras en su cabeza intentaba reconstruir de manera lineal los hechos ocurridos.

—¿Dónde es su casa?— Le preguntó insistente.
—No recuerdo— respondió Albeiro en un tono más que ebrio.
­—¡Me van a dañar toda la noche!— Exclamó el taxista.
—Tranquilo que yo vomité dentro de mi maleta—. Replicó Albeiro.

«Qué diálogo tan imbécil» pensó Nelson a la vez que contemplaba su cicatriz. Nelson era un católico muy creyente, pero detestaba ir a confesarse. Nunca supo muy bien por qué, pero prefería hablar de sus pecados a oídos de un taxista. Con ellos, pensaba Nelson, había una complicidad que no podía existir  con otro ser en el universo. Los taxistas eran para Nelson unos simples entrometidos en la vida ajena pero sin intención, sino por el triste hecho de que sólo en ello radicaba su felicidad. «Los taxistas —se decía Nelson esa mañana— aprueban todas mis acciones, mis pensamientos, los comprenden y fingen hipócritamente estar de acuerdo para recibir una propina extra. Sólo cuando hablan de política son detestables. Y entonces uno se convierte en el que hipócritamente aprueba sus dictámenes que no se fundamentan más allá de lo que escuchan en la radio. Los odio, pero son joviales».

Antes de tomar el taxi la noche anterior, Albeiro, en un estado en el que no se sabía si estaba borracho o lo fingía, se tambaleaba al salir del baño, mientras Humberto caminaba a su lado para pedir otro tequila. Al cruzar el baño, Albeiro vio a una mujer estúpida que no tenía mucho de graciosa y mucho menos de belleza. Era una mujer normal que, por el elogio de sus amigos impedidos, creía ser más de lo que era. Albeiro se sentía borracho, espontáneo y libre. No dudo, entonces, en apretarle el culo con sus manos. La mujer, que por su condición se sintió más feliz que cualquier otra cosa, intentó recriminarle a Albeiro sus acciones, con el fin de impresionar a sus amigos impedidos de la mesa. Gritó tratando de mostrar indignación. Lloró. Al advertir la situación, Humberto tomó a Albeiro por los hombros y lo condujo a la mesa donde estaba Jenny esperándolos a ellos y también a Nelson, quien había entrado al baño cuando de allí salieron Albeiro y Humberto. Jenny preguntó sobre la situación. Humberto la tranquilizó y se sentó junto con Albeiro.

—¿Qué carajos te pasa Albeiro? ¿Por qué lo hiciste?— preguntó Humberto.
—Por el hecho de subirle la autoestima a una mujer fea, qué más te puedo decir. Es una buena obra. Sigo la voluntad del Creador— respondió Albeiro en medio de una carcajada, pues, siendo ateo, sabía perfectamente lo bien que caía su comentario. Fue entonces cuando la mujer, quien no había parado de alegar, arrojó sobre los ojos de Albeiro medio vaso de cerveza. Jenny se levantó de inmediato intentando alejarla, mientras Humberto acudía a secarle la cara a Albeiro. En cuestión de segundos, la mujer se arrojó bruscamente para agredir a Albeiro. Lo hizo en parte como gata (por la forma) y en parte como perra (por su alma). Quiso con todas sus fuerzas arrancarle la nariz, pero sólo se llevó con un rasguño un pedazo de ella. Humberto alejó a la mujer con un leve empujón y entonces vino uno de los impedidos de la mesa.

Al contemplar, al otro día, la cicatriz en sus nudillos, Humberto reconoció que había cosas inexplicables en el mundo. Cosas que, por su conversación con Nelson, prefería atribuir al azar o a fallas causales. Lo que pasó esa noche había sido una de esas cosas. Humberto se sintió borracho, espontáneo y libre y al darse cuenta de que uno de los impedidos de la mesa se había levantado para cuidar a la mujer, no dudó en reventarle la boca con un puño. Se sintió como Aquiles destrozando sanguinariamente a Héctor. Creyó ser inmortal y pensó por un instante que el tiempo se había muerto.

Los meseros del lugar, conocidos de Humberto y de Nelson, retiraron a la mujer y al hombre que se miraba la sangre que tomaba con sus manos de la boca. Todo había pasado. Nelson salió del baño con una expresión de júbilo y jerga. Pero Jenny se levantó de inmediato y le dijo que se fueran. Minutos después, cuando ya estaban en el taxi y cuando ya habían dejado a Humberto en otro bar y a Albeiro en su casa, Nelson lamentó no haber estado en ese momento. Miró hacia el retrovisor y vio la cara de disgusto del taxista.

—No se preocupe— le dijo con sincera amabilidad —le pagaré el lavado de su taxi.

Realmente Albeiro había hecho añicos el taxi con su vómito, pero para Jenny y Nelson aquel suceso no tenía mucha relevancia.

—¿Cómo vamos a arreglar?— preguntó el taxista al detener el auto.
—¿Cuánto es el costo real de la carrera?— preguntó Nelson.
—Son diez mil pesos.
—Tome veinte mil y no se preocupe por el cambio— dijo Nelson mientras le alcanzaba un billete de esa cantidad, sabiendo que el lavado no valía más de cinco mil pesos. Pero fue en ese instante cuando advirtió que el taxista ponía una horrible cara, como si le estuvieran haciendo la circuncisión bajo el timón. Y entonces sucedió lo abusivo: el taxista reclamó más dinero. Como pudo, Nelson de mala gana tomó las monedas que había en sus bolsillos y las arrojó groseramente al que ahora era su enemigo.

Jenny tomó a Nelson de la mano y le pidió que ingresaran pronto al edificio. Nelson la siguió. Sin embargo, Nelson advirtió que el taxista llamaba por un radioteléfono a varios compañeros, diciéndoles que vinieran, que lo habían robado. Al otro día, mientras reconstruía los hechos, Nelson se sorprendió del modo en que deliberó la noche anterior. No estaba ebrio, pero los tequilas notablemente truncaban la secuencia limpia de sus ideas. Pero esa noche Nelson se sintió indignado e impotente. «Un taxista me está diciendo ladrón —pensaba para sí— ¡Un taxista!». Recordó que frente a él había una gigantesca estación de policía y supo entonces, después de veinticuatro años, lo útil que era vivir frente a ella. Pensó también, en menos de un segundo, que era el momento de tomar venganza. Lo que iba a hacer era, para Nelson, un deber cívico, una hazaña. Sin pensarlo más, se fue directo a donde el taxista. Lo observó como una fiera, como un animal. Le preguntó:

—¿Está diciendo que soy un ratero hijo de puta?

Nelson se sintió borracho, espontáneo y libre. Con más fuerza que estilo le reventó el pómulo con un revés. Quizás ésa era, se decía Nelson, la única oportunidad nítida en su vida de golpear a un taxista. «Fue sensacional» pensaba Nelson mientras se tocaba la herida en su muñeca. Siguió recordando. Pocos segundos después llegó el policía. Nelson calculó. «Lo haré mi cómplice». Acudió a él. Le explicó que la carrera costaba diez mil pesos, que le había dado veinte mil sin reclamar el cambio y que el taxista había amenazado con llamar a compañeros suyos para reprenderle. El policía le dio la razón pero le pedía que ingresara al edificio. Jenny gritaba desde la puerta y le pedía a Nelson que viniera. El taxista abordó al policía explicándole que el lavado del auto costaría mínimo veinticinco mil pesos. Nelson sintió más indignación (por él mismo y por el policía, pues pensaba que el comentario del taxista los pasaba por estúpidos). Al contemplar el panorama, Nelson decidió continuar con la venganza, así que mientras el policía hablaba con el taxista, Nelson se dirigió hasta el taxi. Con tranquilidad, sin ser advertido por nadie más que por Jenny, buscó dentro del auto veinte mil pesos. Los tomó, eran sus veinte mil. «Puedo vengarme más». Tomó otros veinte mil. Jenny volvió al taxi y preguntó a Nelson qué ocurría. Éste le explicó que estaba haciendo lo correcto, que estaba haciendo algo heroico. Jenny tomó una chaqueta que había quedado dentro del auto. Salieron. Nelson fue al taxista vituperándolo y humillándolo, maltratándolo como a una rata cobarde y miserable. Sacó de su billetera un billete de cincuenta mil pesos y se lo tiró en los pies. —Deme los veinte mil pesos que le había dado—. El taxista le dio el billete. Jenny y Nelson por fin entraron y durmieron.

—¿De quién es esta chaqueta?— preguntó Jenny al otro día. Nelson sonrió, pues advirtió que, la noche anterior, él llevaba un abrigo, Jenny un buzo, Humberto un chaqueta de cuero y Albeiro una de jean. Esa chaqueta debía ser del taxista. Se sintió feliz, porque vio completa su venganza. Tomó la chaqueta y notó que estaba impregnaba totalmente de un asqueroso y hediondo pachulí. Justo cuando percibió ese nauseabundo olor, Nelson recordó lo que había sucedido la noche anterior. Luego pensó en que Humberto debía tener la misma herida en los nudillos así como Nelson en su nariz. Sonrió y bendijo con su corazón al tequila. Lo veneró internamente como a un dios.

—¿Qué haremos esta noche?— preguntó Jenny.
—Eso es obvio. Beberemos tequila y luego tomaremos un taxi.


domingo, 26 de diciembre de 2010

Diálogo de un disléxico que ya no es disléxico

(por Camilo Amórtegui y Ángel Rivera)
Dedicado al público de "Ridículos y Abstractos"





AURELIO: ¡Coño! Sí. Digo “coño” aunque aborrezcas esa palabra. ¡Mierda entonces! ¿Has muerto? ¿Por qué apareces ante mi vista? Sólo estando vivo, Humberto, sólo estando vivo es posible alucinar.

CLODOMIRO: Aborrezco esa palabra, pues eres consciente de que estoy vivo —y estando vivo la aborrezco—. Sabes que controlo tu vida porque soy el ángel de la muerte. Tu alma es mía desde que decidiste alucinar con la muerte, cuando decidiste dejar a un lado el camino de la realidad.

AURELIO: ¿El camino de la realidad? Me enredo en el laberinto. ¿Estoy vivo, muerto o loco? ¿Muerto y demente es lo mismo? Me quitaste a Luisa. Soy feliz con las rosas. Sí. Las rosas o Ana María. ¿La quieres a ella? ¡Vete al infierno! Aunque creo que ya estás en él.

CLODOMIRO: El infierno, la locura y la muerte, en tu caso, son lo mismo. El laberinto en el que estás es producto de las rosas, es por Ana María. Yo quise estar con Luisa, pero a pesar de mi poder me la robaste. Ahora te quito a Ana María. Por cabrón. Por haberle desviado la mirada de la mía. Ahora es hora de enredarte, enloquecerte y matarte. Tu alma es mía, ya lo he dicho. Sólo vivirás con el karma de estar muerto en vida y con la mierda que te haré padecer. Debes verte como bien servido: alucinar una vida con Luisa y las rosas es cosa de idiotas.

AURELIO: ¡Soy imbécil y lo sabes! Pero entiendo lo que dices. Quédate con Ana María. Las rosas huelen mal después de algunos días. Luisa será mía entonces. Aunque esté loco o muerto. Ahora terminemos este diálogo, pues volveré a ser feliz si me dejas con Luisa.

CLODOMIRO: Te quedarás en el infierno… en tu casa. Yo mientras tanto viviré en la realidad… con Luisa y sin dislexia.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El Amor de Ella

(Dedicado a Tefa Zárate)


(Pensamientos de un suicida)

No sé si fue cuando la vi besándose con ese imbécil. Pero fue entonces el momento en que fui consciente de lo enamorado que estaba. Los celos, dicen, son un síntoma claro de enamoramiento. Yo pienso que son demasiado ambiguos. ¿Por qué no pensar en que los celos fueron producto de mi preocupación por ella, mi mejor amiga? En todo caso, sean o no los celos un síntoma de mi enamoramiento por ella, mi mejor amiga, ellos no fueron la causa de mi estupefacción. ¿Qué fue entonces? La maldita confianza construida va en contra de la contemplación de lo bello. ¿Y qué es el amor si no eso? Como decía Platón, la búsqueda de la belleza (tal y como la consideremos, no importa). Pero al conocerla completamente supe todos sus errores, sus defectos. ¿Cómo podía encontrar belleza en ella, mi mejor amiga?

Quizás era su risa. Pero no. Tiene risa de retrasada. ¿Qué es? ¡Mierda! Hago introspección y siento que la amo más. Analizo, me refuto y la emoción crece. Cierro mis ojos. Me tiro al vacío en un puente. Y siento en el estómago el corazón de ella (y de paso siento sus senos en mis manos). ¿Y si le digo que vayamos a un motel? ¡No! Por Dios, es ella. No puedo sentir ganas de tener sexo por ella. ¿Qué es entonces? Es algo más profundo, más metafísico. Eso me asusta. Tengo el revólver en mis manos. Lo dejo, me sudan las putas manos. ¡Las manos! Como cuando ella toma las mías para cruzar la calle, cuidándome.

Diez vasos de agua. ¡Perfecto! En unos minutos iré a mear como un perro. Sólo por pensar en ella. Por intentar sacarla de mi cabeza en mis orines. Por intentar desdibujar su rostro en los riñones. Anoche cuando estábamos sé que le dio rabia. Cuando besé a la otra. Sí, sé que le dio rabia, como me dio a mí cuando la vi besándose con el imbécil. Pero eso fue peor. Ahora sé que es recíproco. Ahora sé que es amor. Pero las condiciones de satisfacción son completamente nulas, vacías. Mi corazón grita, mi corazón susurra. Los detalles se vuelven ahora realmente importantes. Calma… calma…

¿Busco un beso? ¿Aunque sea uno? O el revólver. O el beso y el revólver. No seas paranoico me dice una voz en la cabeza, susurrándome, mientras mi corazón me grita pidiéndome que me masturbe. El revólver hacia ella. ¡Eso es! Llegará en unos minutos. ¿Y después qué? ¡Ni mierda! Nada pasará… seguirá igual todo. Entonces tendré que dirigir el revólver hacia mi propia cabeza, mi cabeza que susurra, creyéndose inteligente cuando no es más que una puta pobre. ¡No! En mi pecho. Eso es, dirijo el revólver hacia el pecho para evitar que mi corazón grite, mi corazón que es noble aunque se haya entregado a mil mujeres. No lo sé. Pero el revólver debo dirigirlo hacia mí, no hacia ella, mi mejor amiga. Ahora mismo. ¡Cállate cabeza de mierda! Siempre he seguido tus consejos y mira donde estoy. Te destrozaré y dejaré que mi corazón grite y me pida que masturbe mis neuronas. Lo hago porque justo ella, mi mejor amiga, me dio el consejo más sabio de la vida. No sigas los dictámenes de tu razón, porque ella le tiene envidia a lo que sientes. Por eso la amo, ésa es la causa. Por eso es mi mejor amiga, ella. Por eso ella, sí, mi madre, siempre fue mi mejor amiga.


miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lo que (no) quiero




Si se habla de tortura o de dolor, no deben buscar lejos un experto. ¡Heme aquí! No hablo, por supuesto, de ser un verdugo, un sádico o un masoquista. Lo que digo es que he soportado lo peor. No es fácil confesar que me hicieron la circuncisión siendo ya adulto, sin anestesia y con un cuchillo carente de filo, por lo que el asunto demoró. He sobrevivido a cinco atentados. Conozco todos los estados conscientes relacionados con el sufrimiento. Mi mujer me abandonó, corrió a los brazos de mi propia hermana y cuando pequeño me violaron.

Nada me asusta, excepto aquello. ¿Buscan en mí la inmunidad? Se equivocan. Soporto cuanto quieran, pero nunca eso. Prueben clavarme puntillas en la espalda o quitarme las uñas con un destornillador. Pero no eso, ¡jamás! Intenten lastimar mis emociones de modos diferentes, como se les venga en gana. Pero a aquello le tengo pavor. ¡Que se detenga el mundo! ¡Que se asfixien las almas de ricos y desventurados! ¡Que el vómito del mundo regrese a sus entrañas! Nada me asusta, excepto aquello.

Por eso, aunque el universo se cague en mi cerebro, les juro que no permitiré que me vuelvan a matar. ¡No! O al menos no como aquel día. O al menos no que lo haga él. Sí, que lo haga entones cualquiera si ustedes lo desean, menos él. Mátenme de nuevo. ¡Ahora! Pero no quiero que mi padre vuelva a asesinarme a cuchilladas. Prefiero que me hagan de nuevo la circuncisión.

jueves, 19 de agosto de 2010

La mujer y su árbol



- Tome 200 dólares – me dijo el señor Taylor cuando íbamos a salir.
- No podría aceptarlos – respondí casi sonrojándome.
- Tómelos y dele algo de felicidad a mi hija – concluyó el señor Taylor.

Salimos y fue en ese instante cuando por fin pude pensar en lo absurdo de la situación. Apenas había conocido a la señorita Taylor una noche atrás, cuando sentado en la barra del bar, me causó curiosidad el verla sola, con su rostro de facciones finas y sus senos que encarnaban la inocencia y el erotismo al mismo tiempo. Nuestras miradas se cruzaron más de una vez y yo pedí varias cervezas tan sólo para contemplarla un poco más. No me atreví, sin embargo, a dirigirle la palabra. Fue hasta la media noche cuando me desperté de la embriaguez en la que la señorita Taylor me sumergía, cuando tomé mi abrigo, pagué la cuenta y decidí ir a dormir a mi casa. Nunca pensé que al pasar a su lado me tomara del brazo y me dijera que me esperaría la noche siguiente a las ocho en su casa. Me dio un papel con su dirección y desvió inmediatamente su mirada como enfocando el infinito. Como si yo dejara de existir.

Fue al otro día, cuando caminaba de nuevo hacia ese bar, luego de recibir los 200 dólares que me ofreció el señor Taylor, cuando pensé en lo arriesgado que fui al ir en efecto a su casa, pues siempre la timidez me había embargado. Pero su rostro y sus senos fueron el imán que me atrajeron. Al tocar la puerta su padre me saludó amablemente y me dijo que siguiera, que ya en un momento la señorita Taylor estaría conmigo. Y dos minutos después sucedió lo que me dejó pasmado: la señorita Taylor entró a la sala, en su silla de ruedas, sin piernas.

- No quiero ir al bar, sentémonos en ese parque – me dijo la señorita Taylor mientras yo la llevaba en su silla de ruedas. – Hagámonos debajo de ese árbol – dijo a continuación. Ahora pensaba en lo absurdo que era esa situación. Ya no miraba su rostro de facciones finas, ni sus senos que encarnaban ideas contradictorias. Ahora miraba la ausencia de sus piernas, y no lo podía evitar.

Nada hablamos. Cuando terminó por fin su quinto cigarrillo me miró fijamente y me dijo:

- Hagamos el amor.

No comprendo aún el porqué no me sorprendí ante esa petición. Tampoco el porqué accedí sin problema a sus requerimientos. Le di rienda suelta a sus deseos mientras ella se agarraba fuertemente del árbol. Me sentía muy excitado. Y no era por su rostro ni tampoco por sus senos. Era por la ausencia de sus piernas. Una hora después me volvió a hablar: - Ayúdame a vestirme.

Por fin llegamos a su casa. Se me dificultaba mirar al señor Taylor cuando abrió la puerta. La señorita Taylor entró en su casa sin despedirse, con toda la indiferencia posible. Como enfocando el infinito. Como si yo dejara de existir. El señor Taylor esperó a que su hija estuviera lo suficientemente lejos. Luego vino entonces lo verdaderamente absurdo:

- Gracias joven. Tome 200 dólares.
- ¿Cómo piensa que los puedo recibir? Ya me ha dado usted esa misma cantidad. No puedo aceptarlos señor Taylor.
- Usted trajo a mi hija hasta la casa. Siempre que sale con alguien debemos ir a buscarla en el árbol. Es la primera que no sucede.

Tomé entonces el dinero. Desconcertado me di vuelta y jamás volví a saber de ella, pero aún recuerdo la ausencia de sus piernas. Días después compré un par de zapatos con los 400 dólares.